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Mont Blanc
Por Pepe Rubio Larrauri

Los últimos días antes de partir hacia los Alpes estuvieron llenos de miedo e incer tidumbre. El montañismo sigue siendo, a pesar de la popularidad y aceptación de la que disfruta en los últimos tiempos, un  deporte peligroso. La montaña se cobra muchas vidas cada año y, para minimizar riesgos, decidí ir acompañado de Martín Elorza, considerado uno de los mejores guías de alta montaña del país. La expedición la completaría Alfonso Oses. Los tres nos fuimos a los Alpes con la firme intención de coronar el Mont Blanc. Desde la ventanilla del avión divisé por primera vez los Alpes que, a pesar de ser el mes de julio, estaban completamente nevados. Nieves perpetuas, hielo milenario y glaciares dan forma a esta espectacular cordillera que actúa como frontera natural entre Francia, Suiza e Italia.


El plan era el siguiente: antes de afrontar el Mont Blanc dedicaríamos unos días a  ascender diferentes picos de más de 4.000 metros para lograr la aclimatación y que no apareciera el temido mal de altura. Decidimos subir el pico Weissmiss, de 4.023 metros y el Allalinhorn, de 4.027 metros, y dormiríamos en el refugio Brittania, a 3.000 metros para que nuestro cuerpo se acostumbrara a la falta de oxígeno y a los cambios que se producen en el organismo a gran altura.

La alta montaña nos transporta a la forma más antigua y elemental del planeta Tierra


Para subir el Weissmiss se debe salir del coqueto pueblo de montaña de Saas-Grund. Enclavado en un valle rodeado de montañas, Saas-Grund es un ejemplo perfecto del típico pueblo suizo que podemos imaginar. Casas de madera con tejado a doble vertiente, flores en todos los balcones y mucha tranquilidad. En Saas-Grund encontramos el lugar ideal para concentrarnos y prepararnos para la expedición.

Para nuestra sorpresa, en el hotel donde nos alojábamos coincidimos con Juanito Oiarzabal. Montañero en cuyo currículum tiene el récord de ser la única persona que ha ascendido a 22 ocho miles. Él iba a subir al Weissmiss el mismo día que nosotros y volveríamos a coincidir más tarde con él en la subida al Mont Blanc.

La ascensión al Weissmiss  comenzó a las siete de la mañana. Es difícil describir las sensaciones que se tienen al caminar por un glaciar por primera vez. Se camina por una inmensidad blanca que está en constante  movimiento. La nieve se acumula en lo alto de los picos y, según se va acumulando, presiona las capas inferiores moviéndose a una velocidad de... ¡60 m. por semana!


El día se presentó soleado y, salvo por el frío que aumentaba según ganábamos altitud, avanzamos sin problema hacia la cumbre. Con una velocidad constante. Llegamos a la cima en unas cuatro horas. En el momento que llegamos a la cumbre desapareció el frío, a pesar de que el viento soplaba con furia, la alegría de haber hecho cima era más que suficiente para que nos olvidáramos de las condiciones climáticas. La satisfacción es la que me hace volver a la montaña. Además no era una montaña cualquiera. Por primera vez en mi vida subía a 4.000 metros.


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