En general no existen inversiones financieras que se puedan calificar como buenas o malas, sino adecuadas o inadecuadas a cada ahorrador o inversor en concreto. Para realizar adecuadamente las inversiones es imprescindible hacer un análisis previo de uno mismo como inversor, teniendo en cuenta los objetivos de rentabilidad previstos y el grado de aguante ante las oscilaciones en el valor de los activos.
Es totalmente imprescindible la coherencia en el binomio rentabilidad deseada y riesgo asumido. Así, con tipos de interés sin riesgo (Letras del Tesoro) en torno al 1%, no es posible plantearse un objetivo de rentabilidad anual del 5% sin aceptar un determinado nivel de riesgo o volatilidad. La sincronía de rentabilidad esperada y riesgo asumible se traduce en un concepto muy manido pero útil: “el perfil del inversor”.
La experiencia muestra que en numerosas ocasiones los propios ahorradores o inversores no se han detenido a determinar cuál es realmente su perfil de inversor, variando éste según el momento del ciclo en el que nos encontramos. Con habitualidad un mismo ahorrador suele manifestar una baja o incluso nula aversión al riesgo en momentos en los que las Bolsas se encuentran en una fase alcista, mostrando a su vez una enorme aversión al riesgo en momentos en los que los mercados se encuentran en periodos de caídas continuadas.
Es necesario determinar cuál es nuestro perfil de inversor teniendo en cuenta los ciclos financieros y el máximo riesgo asumible
Una de las primeras labores del gestor patrimonial, antes de comenzar a gestionar cualquier patrimonio, es definir de forma conjunta con el inversor los objetivos de rentabilidad a corto, medio y largo plazo y comprobar que el máximo riesgo asumible por el cliente es compatible con dicho objetivo de rentabilidad. Esta labor es imprescindible para la consecución de los objetivos marcados y para ser capaz de aguantar los momentos de mercados adversos.
En los momentos actuales en los que el precio oficial del dinero apenas alcanza el 1%, las inversiones tradicionalmente consideradas de muy bajo riesgo, como depósitos o fondos monetarios, ofrecen rentabilidades históricamente bajas. Aun así, pueden ser la inversión más adecuada para aquellos que primen no tener ninguna volatilidad u oscilación en la valoración de su patrimonio frente a una mayor remuneración potencial.
Cualquier patrimonio que desee lograr una rentabilidad superior, necesariamente deberá invertir parte de la cartera en productos que tengan una mayor oscilación en sus valoraciones a corto plazo.
La renta fija directa a medio y largo ofrece mayores rentabilidades pero la valoración de mercado en cada momento puede situarse por debajo del valor de adquisición generando una pérdida latente. Adicionalmente, la liquidez de determinadas emisiones de renta fija no garantiza que en el caso de decidir deshacer la posición antes de su vencimiento se pueda realizar al valor “teórico” de mercado al que se ha realizado la valoración de dicho activo.
La inversión en Bolsa tiene la ventaja de ofrecer una liquidez permanente. Sin embargo, dicha liquidez implica la existencia de elevadas oscilaciones en la valoración de la cartera a lo largo del tiempo por las constantes variaciones de la cotización diaria. Ningún ahorrador debería analizar sus inversiones una a una por separado sin tener en cuenta el resto de su patrimonio y sus objetivos y perfil de inversión.
Incluso para ahorradores conservadores tiene sentido incluir un porcentaje de renta variable en su cartera. La proporción ha de ser tal que en ningún momento ponga en peligro el nivel máximo de riesgo aceptado para el conjunto de la cartera. Es necesario determinar cuál es nuestro per fil de inversor teniendo en cuenta los ciclos financieros y el máximo riesgo asumible.