Aruma introduce con decisión el remo en el agua. Tiene la cara y las manos curtidas, la piel cobriza, la sonrisa constante: es una uro. Desciende de la etnia pre-incaica que habita en el Titicaca desde hace siglos.
Subimos a su balsa, una totora con proa en forma de puma. Navegar sobre el Titicaca es una experiencia casi onírica. Los abrasadores rayos rebotan sobre el agua con tal fuerza que la superficie del lago parece un espejo. Sin gafas de sol, un foráneo apenas es capaz de mantener los ojos abiertos unos instantes. La luminosidad es brutal.
Llegamos a Parihuana, una de las islas mayores. Los uros son un pueblo fuerte, con una cultura ancestral que ha sobrevivido miles de años. Se denominan a sí mismos: “pueblo lago”. Pero no siempre fueron lacustres. Su principal asentamiento se ubicó en 1.800 a.C. en Oruro, actualmente territorio
boliviano. Cuando en el año 1.400 d.C. los incas invadieron la zona, los uros huyeron hacia el lago. Decidieron hacer del Titicaca su hogar. Con ayuda de un abundante junco autóctono, la totora, construyeron islas flotantes y barcas con las que desplazarse de unas a otras.
Los uros son gente honrada, sencilla, que casi roza la ingenuidad. Están atrapados entre dos mundos: la tradición y el desarrollo
Aruma cuenta cómo con el tiempo los uros se mezclaron con las etnias vecinas: quechuas, collas y sobre todo aymaras. Hoy en día casi todos los uros llevan sangre aymara en sus venas. En sus orígenes, los uros eran animistas, y a su manera siguen siéndolo, aunque la iglesia adventista ha convertido en adeptos a la mayor parte de la etnia. Las dos islas flotantes más grandes albergan una iglesia y una escuela cada una. A Aruma, de niña su madre le habla en aymara y en la escuela aprendió español. Habla de forma dulce, pausada.
Explica con naturalidad que todos los uros tienen dos nombres: el aymara y el cristiano. Ella, dice con su sempiterna sonrisa, se llama Aruma pero también María. Decidió quedarse en las islas pero muchos, cuando crecen, se van a vivir a tierra firme, a Puno. Y es que las condiciones de vida en las islas flotantes son durísimas. A la humedad del lago hay que sumar los cortantes vientos y el fuerte descenso de las temperaturas cuando anochece. Por no hablar de la época de lluvias.
Aruma nos muestra la artesanía que venden a los turistas. Con ella los uros complementan una economía de subsistencia basada en la pesca, la caza de aves y la recolección de huevos de pato y de plantas acuáticas. El pescado excedente lo secan al sol y lo intercambian en trueque por hoja de coca o sal.
Cuenta la leyenda que los espíritus del mal instaron a los hombres a desobedecer a los dioses de las montañas, los Apus. Los humanos tenían prohibido subir a las cumbres nevadas, donde ardía el fuego sagrado. Cuando los hombres infringieron la norma, los dioses, indignados, ordenaron a miles de pumas que los devorasen. Al ver la masacre, Inti, el dios del sol, lloró durante 40 días y 40 noches, transformando el valle en un inmenso lago. Sólo un hombre y una mujer, a bordo de una barca de juncos, sobrevivieron. La leyenda reza que los pumas se transformaron en estatuas de piedra. ¿Qué parte hay de mito? ¿Qué parte de realidad? Lo cierto es que en aymara Titicaca significa: “El lago de los pumas de piedra”.